El campamento por la paz es un conjunto de ciudadanos. Campesinos, indígenas, afrodescendientes, hombres y mujeres, trans, la iglesia, ancianos y jóvenes que, tras la incertidumbre generada por el
resultado del plebiscito, decidieron hacer algo histórico: acampar día y noche
en la Plaza de Bolívar hasta que se firmen definitivamente los acuerdos de paz
con las Farc.
A medida que pasan las horas y los días sin paz, nosotros crecemos y nos convertimos en un reloj humano que materializa la larga espera del pueblo colombiano por la paz.
El corazón libre, independiente, justo, y amoroso del campamento ha logrado atraer a personas de todos los sectores, partidos y religiones del país, disminuyendo así la polarización que tanto nos dividió.
Al principio, éramos unos pocos locos que soñaban con palomas blancas y velas con aroma, pero el país completo se está uniendo. Somos más los que caminamos hacia el horizonte, y construimos utopía a cada paso.
No solo somos una acampada, somos
el pueblo que se apropia de su espacio público, del ese espacio que siempre le
ha pertenecido, para crear una plataforma de pedagogía, cultura y
espiritualidad.
Con una agenda repleta, cada día, el
campamento abre sus puertas a toda aquella flor que tenga ansias de crecer, y
convertimos la plaza en una gran aula de educación para la paz desde todas las
perspectivas posibles.
Somos un pequeño árbol de utopía
que nace en el asfalto. No solo exigimos la paz, si no que la construimos, es
la esencia de cada una de nuestras carpas. Somos una pequeña sociedad que
convive en paz, desde el diálogo, teniendo como elemento organizativo la
asamblea regalándonos a todos la oportunidad de participar y crear.
Trabajamos por comités, y todos,
absolutamente todos, tenemos una labor, una semilla que aportar. Es una
revolución social, donde más de ciento cincuenta personas de estratos muy
diferentes, han convivido igual, comiendo el mismo atún con lata y durmiendo en
el mismo suelo mojado, en el mismo plano, teniendo el mismo valor, un valor
enorme. Rompemos con la violencia estructural desde nosotros mismos.
No hay distinción de razas, credos, ni
estratificación. En medio del respeto, la solidaridad, el diálogo, el perdón y
la esperanza, el Campamento por la Paz, teje y abraza el florecimiento de un
país en donde la riqueza natural se confunda con las manos del labrador, la voz
de las madres con el canto de las aves en libertad, el sueño de los niños con
la sonrisa de sus familias y la noche en paz se envuelva con los rayos del
nuevo amanecer.
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